Libro Rojo
Diccionario de dudas y dificultades de traducción del inglés médico
Prólogo a la 4ª edición (2022)
Fernando A. Navarro
En el año 2000, último del siglo XX, salió de la imprenta (sí, en esa época la mayoría de los diccionarios eran todavía de papel) el Diccionario crítico de dudas inglés-español de medicina, que rápidamente se convirtió en la obra terminológica de referencia para las traductoras médicas al español (de ambos sexos, por supuesto). Un lustro después, en 2005, se publicó la segunda edición del diccionario, revisada, mejorada, muy aumentada y con una perspectiva ya panhispánica, pero todavía en papel.
Tuve que esperar ocho años más ―y entre medias nada menos que el rompedor Diccionario de términos médicos (2011) de la Real Academia Nacional de Medicina de España― para dar con el Libro rojo el salto del papel al ciberespacio. La tercera edición del diccionario, primera en Cosnautas, vino acompañada de un cambio de nombre: Diccionario de dudas y dificultades de traducción del inglés médico (2013), ya solo en versión electrónica de consulta en línea.
Desde entonces, he venido actualizando la obra con periodicidad semestral: han sido nueve años, dieciocho actualizaciones que han ido marcando la paulatina mejora y ampliación del Libro rojo. Pero solo ahora, con la mortífera pandemia de covid-19 a punto de pasar a la historia, me he decidido, por fin, a publicar una nueva edición del diccionario, la cuarta. Este renovado Diccionario de dudas y dificultades de traducción del inglés médico (2022) servirá de base y modelo para la versión en lengua portuguesa que prepara ya la médica y traductora brasileña Carla Vorsatz, y confiamos poder estrenar en Cosnautas ―en su versión preliminar― ya este mismo año.
La estructura interna de la obra apenas ha variado en todo este tiempo: la planta lexicográfica del diccionario sigue siendo básicamente idéntica a la de la primera edición en papel, que explico en la Introducción original del año 2000. Y no hay ningún cambio sustancial con respecto a la edición cosnáutica de 2013, comentada en el Prólogo a la tercera edición.
¿Qué ha cambiado, pues, entre la tercera edición del diccionario (versión 3.01, julio de 2013) y esta cuarta edición (versión 4.01, marzo de 2022)?
Fundamentalmente, la magnitud de la obra: el Libro rojo ha pasado de 47 344 lemas en la versión 3.01 a 60 757 entradas en la versión 4.01. O, lo que es lo mismo, casi trece mil quinientas entradas más, correspondientes a neologismos, tecnicismos y expresiones de traducción difícil o engañosa procedentes de casi cualquier disciplina biosanitaria y otros campos del saber. La historia sigue su curso y los avances médicos se suceden sin parar: el continuo descubrimiento de nuevos anticuerpos monoclonales; la reforma sanitaria de Obama; la publicación de la vigesimotercera edición (2014) del Diccionario de la Real Academia Española y sus actualizaciones 23.1 (diciembre de 2017), 23.2 (diciembre de 2018), 23.3 (noviembre de 2019), 23.4 (noviembre de 2020) y 23.5 (diciembre de 2021); la cirugía robotizada y la telemedicina; los nuevos elementos químicos bautizados por la IUPAC en 2016; la revolución que supuso la técnica CRISPR; el Brexit o Corte Inglés de enero de 2020; los primeros coronavirus, el virus de Zika, la pandemia de covid-19 y las nuevas vacunas de ARNm; todo ello ha ido dejando huella en el Libro rojo. Para quienes sientan curiosidad por saber qué tipo de términos fueron entrando al diccionario y cuándo exactamente, en el cuadro 1 enumero unas seiscientas entradas incorporadas al Libro rojo entre enero de 2015 y marzo de 2022. Son solo una pequeña selección de las más de trece mil sumadas a la cuarta edición, pero pueden servir para obtener una visión de conjunto.
¿Se han preguntado alguna vez cómo llegan al Libro rojo las novedades? ¿De dónde vienen esas trece mil nuevas entradas de la cuarta edición? Muchas de ellas surgen de mis propias dudas. Llevo dedicándome a la traducción médica desde hace treinta y cinco años, y raro es el día que me acuesto sin haber traducido o leído algún texto médico en inglés. Rara vez, también, pasa un día sin que me encuentre con alguna duda o dificultad de traducción; y cuando eso ocurre, siempre ―por apurado que vaya con los plazos― procuro encontrar el momento para documentarla e incorporarla al Libro rojo. Soy ya todo un experto en dudas y dificultades de traducción; no digo, ¡ojo!, experto en resolverlas o solucionarlas, sino experto en dudas y experto en dudar.
Como para las ediciones segunda y tercera de mi diccionario, sigo espigando también con provecho de los lugares del ciberespacio a los que mis colegas traductoras acuden a preguntar sus dudas: las listas de debate de MedTrad y Tremédica, desde luego, pero también ―para esta cuarta edición― las principales redes sociales (Facebook, LinkedIn y, por encima de todas, Twitter).
Me interesa destacar, aparte, dos fuentes abundantes de las que bebe de modo particular mi diccionario y nadie más. Dos fuentes de dudas que habrían hecho las delicias de los lexicógrafos de generaciones anteriores. Desde que el Libro rojo se publicó en Cosnautas, el modelo interactivo y colaborativo de Cos me permite pulsar a diario las inquietudes de los propios cosnautas. Durante los nueve años en que estuvo activa la extinta tercera edición del Libro rojo (versiones 3.01 a 3.18; de julio de 2013 a febrero de 2022), más de trescientos cosnautas aportaron, en repetidas ocasiones, sugerencias de mejora: hay quienes me escriben simplemente para señalar una pequeña errata (tarea esencial esta, la de depurar el texto de esos malditos erroedores); otros, y es a lo que voy, me proponen la inclusión de nuevas entradas interesantes en las que probablemente yo no hubiera caído por mi cuenta. El cuadro 2 contiene un centenar de adiciones que me llegaron por esta vía, con el nombre del cosnauta que me arrojó el guante lexicográfico. Y como ellas hubo varios cientos más.
Más maravillosa aún, por insospechada, fue otra fuente valiosísima de dudas que solamente descubrí cuando mi diccionario arribó a Cos. Todo usuario de Cosnautas, por el mero hecho de consultar el Libro rojo, colabora ya de forma activa en el proceso de renovación y mejora de la obra. Ello es así porque yo puedo saber, con solo un par de clics, cuáles son las entradas más consultadas del diccionario; pero también ―y esto reviste mayor interés aún― cuáles son las búsquedas infructuosas tecleadas con mayor frecuencia. Si muchos traductores médicos profesionales coinciden en buscar un término que no aparece recogido en un diccionario de dudas como el mío, ello quiere decir que se trata de una duda recurrente y que tal vez debería incluirse en el Libro rojo, aunque a mí en principio no me lo pareciera. Un repaso meticuloso a la lista de búsquedas infructuosas de cada versión del diccionario me permite dar entrada en la obra a multitud de términos interesantes que hasta entonces había pasado por alto, como blueprint, drusen, fibroscan, MedDRA, narrative, ookinete, orthotist y VEGF. Cientos de las búsquedas más tecleadas por los cosnautas, que en su momento arrojaron un resultado nulo, aparecen ya registradas en esta cuarta edición. En el cuadro 3 van listadas más de trescientas, pero fueron en realidad bastantes más. Entre ellas, términos que en un momento dado se pusieron de moda; durante la pandemia de 2020-2022, por ejemplo, muchos estuvimos dos años seguidos traduciendo textos sobre epidemiología, coronavirus, medidas de prevención, vacunas anticovidianas y nuevos fármacos antivíricos. El Libro rojo se enriqueció con las dudas que fui encontrando en mis traducciones y lecturas; con otras muchas surgidas durante la compilación del Diccionario de covid19 (EN-ES) para Cosnautas y Tremédica; pero hasta repasar la lista de búsquedas infructuosas correspondientes a la versión 3.15 (del 1 de marzo al 31 de agosto de 2020) no caí en la cuenta de que había pasado por alto dudas tan frecuentes como CPAP, ECMO, facemask, lockdown, paucisymptomatic, PPE y sanitization. En relación con esta última, por cierto, el Libro rojo contenía ya la entrada to sanitize, pero cientos de cosnautas no llegaban a ella al teclear sanitization. Muchas de estas dudas que hacen salir a flote las búsquedas infructuosas corresponden, de hecho, a simples variantes (es el caso, por ejemplo, de palabras como hayfever, lightheaded, stenting y tophi, que devolvían resultado nulo pese a que el diccionario sí registraba hay fever, lightheadedness, stent y tophus), incluso erratas o variantes incorrectas frecuentes (en el diccionario tenía balloon y proprietary, pero cientos de cosnautas no llegaban a ellas por teclear ballon o baloon en el primer caso, propietary en el segundo). Todo esto, ya digo, de forma indirecta, sin que los cosnautas que teclearon en su momento esas búsquedas de resultado nulo fueran conscientes de que su acción estaba siéndome de suma utilidad para mejorar mi trabajo.
La combinación de lexicografía electrónica con el modelo participativo de Cosnautas ha sido clave para el doble salto cuantitativo y cualitativo entre las ediciones tercera y cuarta del Libro rojo. Que está así cada vez más cerca de alcanzar su objetivo declarado de llegar a convertirse en el mejor diccionario bilingüe de la historia.
Prólogo a la 3ª edición (2013)
Fernando A. Navarro
Ya desde los primeros contactos con McGraw-Hill·Interamericana para presentar mi proyecto de un diccionario crítico de dudas inglés-español de medicina, allá por el año 1999, expresé la conveniencia de editar el diccionario de dudas también en disco óptico compacto, pues las obras de referencia eran ya entonces impensables si uno no podía trabajar con ellas en soporte informático. Los editores, no obstante, optaron por dejar en suspenso la publicación de una edición electrónica ante el riesgo —ayer como hoy ciertamente innegable— de pirateo indiscriminado de la obra. De modo que el mío tuvo que conformarse con ser, durante demasiado tiempo, un diccionario a la antigua usanza.
Catorce años después, me siento muy satisfecho de poder ofrecer a médicos, traductores especializados, redactores científicos y estudiantes de traducción una nueva edición de mi diccionario médico, ahora ya por fin en formato electrónico de consulta en línea. A las ventajas bien conocidas de la edición electrónica (rapidez de búsqueda, remisiones por hipervínculo, traducción inversa de español a inglés, rastreabilidad del contenido íntegro de cualquier entrada, etc.), el acceso en línea permite sumar otras como la consulta del diccionario desde cualquier punto de acceso a Internet y la posibilidad de actualizar de forma constante el diccionario.
El salto del papel a la nube es de tal magnitud, que he considerado conveniente rebautizar incluso el diccionario. Si en las dos primeras ediciones el «libro rojo» llevaba por título Diccionario crítico de dudas inglés-español de medicina (2000 y 2005), en esta tercera pasa a llamarse Diccionario de dudas y dificultades de traducción del inglés médico (2013). No quiere ello decir, sin embargo, que la estructura interna de la obra haya variado de forma sustancial: la planta lexicográfica del diccionario sigue siendo básicamente idéntica a la de la primera edición. Buena prueba de ello es que, para presentar el diccionario al lector cosnáutico que llegue a él ahora por primera vez, me ha bastado con reproducir, íntegra y sin apenas cambios de relieve, la introducción original a la primera edición (v. más adelante). Quien esté habituado a manejar cualquiera de las dos primeras ediciones del Diccionario crítico de dudas, pues, puede pasar a consultar y utilizar directamente esta tercera sin necesidad de memorizar previamente nuevos símbolos ni convenciones tipográficas.
Sí advertirá, desde luego, otros cambios. Por ejemplo, en el modo de consulta, que antes se hacía por orden alfabético y pasando las hojas de papel hacia delante o hacia atrás para seguir las remisiones, mientras que ahora se hace tecleando directamente el término consultado en la ventana de búsqueda y con un simple clic de ratón para seguir las remisiones.
Advertirá también que la incorporación del color para destacar en la pantalla el lema, los numerales de acepción, las remisiones y la marca de apartado de observaciones, me ha permitido hacer un uso mucho más claro de los recursos tipográficos; por ejemplo, al quedar libre la negrita para resaltar las traducciones de mayor interés o mediante el recurso al *entreasteriscado* y al tachado (siguiendo en este último caso la estela del Diccionario de términos médicos [2011] de la Real Academia Nacional de Medicina) para marcar distintos grados de rechazo e incorrección.
Aun a sabiendas de que no es tarea fácil, he seguido esforzándome por rebajar en lo posible el tono dogmático del diccionario en esta tercera edición, porque el afán de concisión, que obliga a exponer en pocas líneas problemas traductológicos que podrían ocupar muchas páginas, lleva siempre consigo el riesgo del dogmatismo. Fiel a la sabia recomendación de Ortega y Gasset, «siempre que enseñes, enseña a la vez a dudar de lo que enseñes», que hice mía desde que concebí este diccionario médico, no oculto al lector en ningún caso mis preferencias de traducción, pero procuro exponer al mismo tiempo el criterio académico, la forma más usada entre médicos, las recomendaciones de las nomenclaturas normalizadas, la tradición terminológica en lengua española, los criterios etimológicos pertinentes y la analogía con otros términos afines. Todo ello con la esperanza de que la información que ofrezco le sea de alguna utilidad a la hora de decidir —él por sí mismo y no yo a través de él— cuál es, en función de su texto concreto y de su situación personal, la opción más adecuada de traducción. Yo veo mi diccionario, por encima de todo, como una ayuda de traductor a traductor, como una especie de asesoramiento informal o charla distendida entre colegas. Y escribo con la idea de que, veterano o novato, el traductor que habrá de leerme tiene, como yo, no en el diccionario, sino en la inteligencia y en el sentido común, sus principales utensilios de trabajo. No busco con este diccionario convencer de nada a nadie, sino tan solo poner mis conocimientos y mi experiencia a disposición de mis colegas médicos y traductores, con el propósito de que se sirvan de ellos para mejorar profesionalmente y alcanzar la satisfacción legítima de la traducción científica bien hecha.
Esta versión electrónica del Diccionario de dudas y dificultades de traducción del inglés médico corresponde a una nueva edición revisada, mejorada y muy aumentada. Con respecto a la segunda edición, acid-fast, add-on therapy, amplatzer, anisakis, annulation, appy, attending, bareback sex, Big Pharma, binge drinking, biogeneric, blunt, breathalyzer, BTC drug, carry over, chaperone, chemical pregnancy, chemonaive, club, concierge medicine, didactic, disease mongering, droptainer, drug-eluting stent, echolocation, ex novo, expanded access, first-hour quintet, forest plot, gamification, ghrelin, grant, grommet, hamstring, high-ceiling diuretics, hot flush, human medicine, junk food, lab-on-a-chip, lap, leakage, locavore, lost to follow-up, luer lock, machine, mindfulness, mourning, multiple, to need, nonvertebral fracture, orthorexia, patch clamp, perfusate, pouch, pregnancy loss, premetabolic syndrome, rare disease, readability, recall, Red Crystal, resurfacing, ritalin, schedule, sexting, sibship, signaling, small molecule, smokeless tobacco, spa, spike, spot, standard drink, statutory, subcentimeter, surrogate mother, system organ class, targeted, tiger mosquito, toddler, tooth numbering, trainee, translational research, transthyretin, to tube-feed, vocational training, wear, webinar, wilderness medicine, workup y yellow flag son solo algunos de los millares de artículos principales incorporados en esta tercera edición. Me llena de orgullo el hecho de que buen número de ellos aparezcan registrados ahora por vez primera en una obra lexicográfica en lengua española; no pocos, incluso, por vez primera en la lexicografía especializada internacional.
Y la ampliación de contenido no se limita a la adición de nuevas entradas o artículos. Muchos de los artículos que tenían ya entrada propia en la segunda edición aparecen ahora comentados con mayor detalle. Compare el lector en ambas ediciones, a modo de ejemplo, los artículos correspondientes a términos como aggressive, auditory nerve, bar chart, bay, BC, biologicals, blood alcohol, breath alcohol test, °C, capture, carrier, charge, chart, chikungunya, clavus, clinical pathology, counseling, criminal, -cytic, death, dipping, district nurse, driving while intoxicated, to empower, ex-, finally, foul, height, hematinic, ICH, international normalized ratio, intestinal obstruction, to irradiate, judgment, kinky, local, mg%, -olimus, operator, PD, pulp, pump, to qualify, smart drugs, social worker, to socialize, ST, survival, three Rs, toilet water o veil, y entenderá mejor lo que quiero decir.
Las más de 52.000 remisiones clicables que trufan la obra (en la primera edición eran poco más de 15.000) habrán de servir al lector para utilizar el diccionario como un conjunto homogéneo y extraer el máximo partido didáctico y profesional de cada búsqueda. Al hacerlo, además, percibirá la coherencia interna y la uniformidad de criterio que solo la autoría única permite conseguir en una obra de estas características y de esta envergadura.
Y llego así a la cuestión, insoslayable, de la variación diatópica del español. Cuando publiqué la primera edición del «libro rojo» no había pisado nunca la América hispana; del Nuevo Continente únicamente conocía los Estados Unidos. Así, no es de extrañar que en esa primera edición dedicara atención considerable a las diferencias existentes entre el inglés británico y el inglés norteamericano, pero en relación con el español reflejara casi exclusivamente el lenguaje médico empleado en las facultades, hospitales y consultorios de España. Era esta, creo, una de las principales lagunas de mi diccionario, y también una de las primeras que los lectores de América me señalaron con insistencia.
La segunda edición fue en este aspecto notablemente distinta. Seguía siendo obvio que el diccionario estaba escrito en España y desde la perspectiva de quien tiene el español europeo como lengua materna y contempla la comunidad médica hispanohablante como un todo. Pero los peach-flavored tablets no eran ya solo comprimidos con sabor a melocotón, sino también con sabor a durazno. El animalario compartía lugar con el bioterio; las placas de Petri, con las cajas de Petri; el frigorífico, con la refrigeradora y con la heladera; los datos fiables, con los datos confiables; el biberón, con la mamadera; el hormigón, con el concreto, y los accidentes de tráfico, con los accidentes de tránsito. En la segunda edición, pues, socorrista y salvavidas, beber y tomar, conducir y manejar, recuento y conteo, inversor e inversionista, mantequilla de cacahuete y manteca de maní, daban fe de que es plenamente compatible la unidad básica del idioma con el reconocimiento de sus variedades internas.
En la tercera edición, esta mayor atención prestada a las variedades americanas del español será todavía mucho más evidente. El lector deseoso de comprobarlo por sí mismo puede echar una ojeada, por ejemplo a entradas como band-aid, bikini, bleach, booties, brassiere, breast pump, capitation, cartoon, chance, computer, concrete, constipation, contact lens, cost, cream, croissant, cutter, decimal point, dental technician, denture, diesel, donut, dummy, dynamo, earrings, elevator, epidural anesthesia, GDP, grocery, Guinea pig, hair-band, hangover, heel, highchair, hot flush, icon, insulin pen, intensive care unit, jersey, juice, junk food, lemon, lifeguard, lollipop, mammagraphy, marijuana, marker, mask, mat, medical device, mosquito net, notifiable disease, number sign, oxygen tank, pacifier, panties, panty liner, parole, peanut, pertussis, Petri dish, petrol, plaster, prescription, pus, pyjamas, refrigerator, sanitary towel, sauna, -scopy, soya, spectacles, stapler, stethoscope, teether, tin loaf, tongue depressor, traffic, truant, tub, umpteen, unemployment, varicose veins, VAT, white coat y zipper. Quiero creer que mis colegas de América percibirán en este aspecto una diferencia considerable con respecto a la primera edición de mi diccionario.
Tres factores principales han contribuido a este importante cambio de planteamiento entre la primera edición y la tercera: a) a partir del año 2001, he visitado repetidamente varios países hispanoamericanos (la Argentina, por ejemplo, en cinco ocasiones), y en todas partes me pedían que para la segunda edición, por favor, prestara más atención al léxico local y a las variedades diatópicas del español; b) el desarrollo espectacular de Google, que nos brinda la posibilidad de efectuar búsquedas fiables con criterios de limitación geográfica, y c) la correspondencia epistolar con traductores médicos y usuarios del diccionario en distintos países de Hispanoamérica.
Introducción (2000)
Fernando A. Navarro
Otra cosa no sé, pero lo que es diccionarios —tanto generales como especializados—, tenemos los traductores para dar y tomar. Ante tamaña abundancia de diccionarios unilingües, bilingües y multilingües, imagino fácilmente la extrañeza y el escepticismo del lector ante la publicación de este Diccionario crítico de dudas inglés-español de medicina†:
—Pero cómo, ¿otro diccionario más? ¡Y encima con un título tan raro!
Intentaré aprovechar esta introducción para demostrar no solo que un diccionario como este era necesario —«viene a llenar un hueco en la bibliografía», supongo que diría algún crítico retórico—, sino que además tenía por fuerza que llamarse así; que su título, con todo lo extraño y rebuscado que pueda de entrada parecer, no es en modo alguno el fruto de una mente calenturienta ni el resultado de una venada más o menos pasajera. Veamos uno a uno los términos que lo integran.
* Esta «Introducción» es reproducción literal de la publicada en la primera edición, con algunas variaciones mínimas para adaptar este texto introductorio a los cambios tipográficos y de formato de la tercera edición.
† Este fue el título de la obra en sus dos primeras ediciones (Madrid: McGraw·Hill-Interamericana, 2000 y 2005); para la edición electrónica de Cosnautas (2013), he optado por cambiarlo a Diccionario de dudas y dificultades de traducción del inglés médico, y esta es la forma que usaré en adelante para cualquier mención a él en esta introducción.
¿Por qué otro diccionario?
Diccionarios de todo tipo hay en las librerías ciento y la madre; muchos de ellos verdaderamente gruesos y de abundante contenido, como sucede en especial con los de medicina, que con frecuencia llegan a sobrepasar las cien mil entradas.
En efecto, lo primero que llama la atención a quien por vez primera se acerca como traductor a un texto médico es la extraordinaria riqueza del vocabulario. Probablemente en ninguna otra modalidad de traducción especializada pueda uno encontrarse tantas palabras nuevas. En cada página, en cada texto, hallamos un buen puñado de términos y expresiones que incluso las personas cultas ignoran: antiparkinsonian, glomerulonephritis, hepatocystoduodenostomy, hexachlorocyclohexane, keratoconjunctivitis, leukoerythroblastosis, onychotillomania, pneumoencephalography, pyelonephrolithotomy, sphenopalatine, thrombocytoagglutination, uteroenteroanastomosis. Ocurre, no obstante, que el lenguaje médico, como todo lenguaje científico, pretende ser básicamente internacional, lo que resulta ideal para el traductor. De hecho, es sabido que gran parte de los términos médicos son vocablos procedentes de las lenguas clásicas o neologismos creados a partir de raíces, prefijos o sufijos de origen grecolatino y comunes a los principales idiomas europeos. En el caso de las rebuscadas palabras inglesas que unas líneas más arriba he traído como ejemplo, cualquier traductor médico con una mínima experiencia sabría traducirlas sin dudar, aun cuando nunca antes las hubiera oído, por sus respectivos equivalentes españoles: ‘antiparkinsoniano’, ‘glomerulonefritis’, ‘hepatocistoduodenostomía’, ‘hexaclorociclohexano’, ‘queratoconjuntivitis’, ‘leucoeritroblastosis’, ‘onicotilomanía’, ‘neumoencefalografía’, ‘pielonefrolitotomía’, ‘esfenopalatino’, ‘trombocitoaglutinación’ y ‘uteroenteroanastomosis’. Pues bien, palabras como estas, que un médico o un traductor nunca iría a consultar en un diccionario —¿a quién se le ocurriría buscar la traducción de electrocardiogram en un diccionario bilingüe?—, son las que abarrotan, hasta extremos inverosímiles, los diccionarios médicos al uso. Estos recogen por decenas de miles tecnicismos como los comentados, que a pesar de su innegable complejidad aparente nunca es necesario ir a buscar al diccionario médico. En cambio, cuando el traductor encuentra algún vocablo inglés que plantea la más mínima dificultad y acude a esos mismos diccionarios, o no está recogido, o aparece incorrectamente traducido, o no se ofrecen algunas de sus múltiples acepciones.
¿Por qué un diccionario de dudas?
Que lo diga, si no, quien se enfrenta como traductor a la siguiente frase: Anthrax is an infectious animal disease that is transmitted to veterinarians by contact with animals. Buen sabedor de que el lenguaje médico es básicamente internacional y se basa en gran medida en las lenguas clásicas, nuestro hipotético traductor sospechará ya de entrada que el inglés anthrax muy bien pudiera corresponder en castellano a ‘ántrax’, aunque nunca haya oído ninguno de estos dos tecnicismos ni sepa qué significan. Y los diccionarios médicos bilingües le confirmarán en esa suposición, cuando lo cierto es que nada hay más falso, porque lo que los médicos de habla inglesa llaman anthrax corresponde a lo que nosotros llamamos ‘carbunco’; y viceversa, nuestro ‘ántrax’ corresponde al carbuncle inglés. Ambas enfermedades infecciosas producen lesiones cutáneas y comparten parecido origen etimológico (del griego ἄνθραξ, ‘carbón’, la una; del latín carbunculus, ‘carboncillo’, la otra), pero presentan entre sí importantes diferencias tanto en cuanto a las bacterias causales (Bacillus anthracis en el caso del carbunco; estafilococos en el caso del ántrax) como en su pronóstico y tratamiento.
Situaciones como esta son las que pretende resolver el presente Diccionario de dudas y dificultades. Si consultamos la entrada correspondiente a anthrax, que nos servirá para describir una entrada típica de este diccionario, encontraremos lo siguiente:
Inmediatamente después del lema que abre la entrada hallamos, entre corchetes, una abreviatura que delimita el campo específico de que se trata; en este caso, «microbiología, parasitología y enfermedades infecciosas» (el significado de estas abreviaturas se explica en la clave correspondiente). A continuación, el cuerpo del artículo informa de la traducción correcta y añade un breve comentario sobre la diferencia entre ‘ántrax’ y ‘carbunco’. El símbolo ◘ señala una frase inglesa que precisa el uso y el sentido de la palabra comentada dentro de un contexto más amplio. El símbolo ● da paso a una serie de expresiones complejas de traducción difícil o engañosa de las que forma parte el lema, recogidas por orden alfabético. Y el símbolo ►►, por último, da paso a diversas observaciones de uso en relación con la tradución de anthrax. Para facilitar la localización de todas las expresiones en el diccionario, las locuciones que incorporan el lema tienen entrada propia; de ese modo, si alguien busca en el diccionario, por ejemplo, la traducción correcta de inhalational anthrax encontrará lo siguiente:
El símbolo → remite a la entrada anthrax, donde tras el símbolo ● se encontrará la expresión buscada: inhalational anthrax (carbuncosis pulmonar). Este mismo símbolo de remisión → seguido de un vocablo en color turquesa se usa también para indicar que la traducción de una palabra se explica en una entrada totalmente distinta, como en el caso de virilizing → masculinization, que indica que los problemas de traducción planteados por la palabra inglesa virilizing se comentan en la entrada correspondiente a masculinization.
Pero las dudas a que hago referencia en el título de mi diccionario no se limitan a lo que los traductores llaman ‘palabras traidoras’ o ‘falsos amigos’ (faux amis); es decir, palabras de ortografía muy similar o idéntica en inglés y español, pero con significados diferentes en ambos idiomas, como physic (que no es ‘física’, sino ‘medicina’), plague (que no es ‘plaga’, sino ‘peste bubónica’), labor (que no es ‘labor’, sino ‘parto’) o matron (que no es ‘matrona’, sino ‘directora de enfermería’). Fuente permanente de dudas para los traductores son, además, los anglicismos como rash, odds ratio, immunoblot, piercing, stent, distress o by-pass, para los que supuestamente no existe equivalente en español.
En traducción puede suceder también que la fuerza del texto impreso original nos induzca a utilizar en castellano una expresión que, sin ser propiamente incorrecta, resulte chocante por lo insólito de su uso. Veámoslo con un ejemplo tomado del lenguaje común: ¿qué pensaríamos si alguien tradujera information technology o computer science por ‘tecnología de la información’ o ‘ciencia de las computadoras’? Claro está que estas expresiones no son incorrectas; pero no menos claro es que en España, fuera de las traducciones descuidadas, todo el mundo llama ‘informática’ a la ciencia de las computadoras. Pues igual sucede en medicina con expresiones como human milk (leche materna, mejor que ‘leche humana’), weight loss (adelgazamiento, mejor que ‘pérdida de peso’), high blood pressure (hipertensión arterial, mejor que ‘presión sanguínea alta’) o liver cell (hepatocito, mejor que ‘célula hepática’).
Un problema en cierto modo relacionado con lo comentado en el párrafo anterior plantean las palabras inglesas polisémicas. Como muchas de ellas tienen un equivalente similar en español, el traductor echa una y otra vez mano de él, sin darse cuenta de que puede ser perfectamente correcto para traducir una de sus acepciones, pero no todas las demás. Así, el inglés knife puede significar ‘cuchillo’, pero en cirugía se emplea preferentemente con el sentido de ‘bisturí’; y la cosa se complica con palabras como abuse o examination, que podemos encontrar con significados muy distintos: child abuse (malos tratos a menores), spousal abuse (violencia conyugal), alcohol abuse (alcoholismo), heroin abuser (heroinómano), self-abuse (automutilación, autolesión o masturbación, según el contexto); clinical examination (exploración física), fundus examination (oftalmoscopia), pelvic examination (tacto vaginal), postmortem examination (necropsia, autopsia), ultrasound examination (ecografía). En estos casos, el diccionario de dudas distingue las distintas acepciones de una misma entrada con los números 1, 2, 3, etc. en color turquesa, como en el siguiente ejemplo:
Podemos comprobar de nuevo, por cierto, que la traducción simplista ‘ligamento anular’ que encontramos en los diccionarios médicos al uso puede quizás ser muy cómoda, pero se le queda al traductor médico francamente corta.
Conviene precisar de antemano, creo, que el concepto de ‘duda’ no equivale en esta obra al que le damos en el lenguaje corriente. Este diccionario no pretende recoger, por supuesto, todas las dudas que un traductor médico pueda hallar en el ejercicio de su labor. Cuando se enfrenta a un texto médico escrito en inglés, es muy posible que el traductor ignore el significado de muchísimas palabras. Considero, en cualquier caso, que estas palabras no constituyen una amenaza importante, pues su propia aparente dificultad inducirá al traductor a consultar los diccionarios o los libros de la especialidad con el fin de esclarecer su significado. El peligro más grave lo forman las palabras o expresiones inglesas que, como resultado de una traducción directa motivada por su facilidad aparente, den origen con frecuencia a traducciones incorrectas, inciertas, problemáticas o mejorables en nuestro idioma. Y estas son las ‘dudas’ que se comentan en el diccionario.
¿Por qué un diccionario crítico?
Como traductor profesional, estoy ya suficientemente escarmentado de diccionarios simplistas y dogmáticos como para intentar añadir ahora uno más a la lista. Siempre tuve claro, desde un principio, que el mío habría de ser un diccionario crítico y razonado.
Nada más lejos de mi ánimo que intentar convencer a nadie de que en ningún caso puedan usarse palabras como ‘controlar’, ‘test’, ‘escáner’, ‘Western blot’ o ‘baipás’. Mucho más interesa mostrar al traductor que para estos y otros anglicismos existen otras posibilidades de traducción —en muchas ocasiones más adecuadas o preferibles por diversos motivos—, así como comentar los principales problemas que plantea la traducción al español de muchas palabras y expresiones inglesas en apariencia sencillas, como acute abdomen, adrenaline, athlete’s foot, clinics, growth hormone, hay fever o sleeping disease.
Tampoco pretendo tachar de incorrectas expresiones como ‘enfermedad cardíaca’, pero sí concienciar a los traductores de que los médicos de habla hispana llaman habitualmente ‘cardiopatía’ a lo que sus colegas británicos o estadounidenses llaman heart disease (y solo rarísima vez, por no decir nunca, cardiopathy).
Soy de los que creen que a todo traductor científico le conviene saber que el nombre oficial de la neuraminidasa es ‘exo-α-sialidasa’, que los médicos españoles llaman ‘peroné’ a la fibula de la terminología anatómica internacional, que el Macacus rhesus tan utilizado como animal de experimentación se llama hoy oficialmente Macaca mulatta, que en la moderna nomenclatura de las blastomicosis no existe ya la blastomicosis europea, o que la ortografía española prescribe la forma ‘carbamacepina’ (con c delante de la e) para la ‘carbamazepina’ oficialmente recomendada por la OMS. La decisión última de utilizar una u otra forma dependerá en cada caso del tipo de texto traducido, del público al que vaya destinada la traducción y, por supuesto, del criterio personal del propio traductor. Lo que no parece lógico es traducir, como suele ser el caso en un diccionarios médico al uso, glucose por ‘glucosa’ y dextrose por ‘dextrosa’ sin indicar que se trata de sinónimos estrictos, dos nombres distintos de un mismo hidrato de carbono.
En muchas entradas de este diccionario, el lector encontrará, pues, un comentario crítico sobre el uso habitual entre los médicos, las normas ortográficas básicas de nuestro idioma, las recomendaciones oficiales de las nomenclaturas normalizadas y los principales organismos internacionales, así como la necesidad de precisión y claridad que debe caracterizar a todo lenguaje científico.
¿Por qué un diccionario inglés-español?
El inglés es, desde hace casi medio siglo, el idioma indiscutido de la medicina en todo el mundo. Ganas me dan de pasar directamente al siguiente apartado de esta introducción, de tan obvio como me parece que en la actualidad es imposible dedicarse a la traducción médica sin conocer el inglés. No solo porque este sea el idioma de partida en la mayor parte de las traducciones, sino también porque sin su conocimiento no se puede acceder a los principales libros de texto y las revistas con los últimos avances en cualquier campo de la medicina; es decir, sin conocer el inglés, el traductor médico se verá imposibilitado en muchos casos para aclarar las dudas que le surjan al traducir un texto médico escrito en francés, en alemán o en cualquier otro idioma moderno.
Ello no quiere decir, por supuesto, que no se topen también con multitud de dudas y palabras engañosas o difíciles los traductores que se enfrentan a un texto médico escrito en francés o en alemán. Pero me parecía especialmente urgente la necesidad de publicar, ¡por fin!, el imprescindible diccionario de dudas inglés-español que los traductores médicos reclamábamos desde hace años, y sin el cual se me hacía inconcebible el ejercicio eficaz de nuestra labor.
Ahora que hablo de los traductores médicos como destinatarios naturales de este diccionario, creo interesante puntualizar que doy a esta designación profesional su sentido más amplio. Es cierto que la enseñanza de la traducción médica no forma parte de los planes de estudios de nuestras facultades, y que son pocos los médicos que, como yo, se dedican de forma profesional a esta actividad, pero no menos cierto es también que la mayor parte de los médicos españoles e hispanoamericanos la ejercen con frecuencia de manera informal durante sus estudios universitarios y a lo largo de su carrera profesional. Las publicaciones médicas en lengua española, nadie puede negarlo, son hoy en gran medida el resultado de un proceso de traducción a partir del inglés. No me refiero al hecho de que una cuarta parte de los libros de medicina editados en los países de habla hispana correspondan a traducciones de obras extranjeras; me refiero sobre todo a que la mayoría de los artículos médicos publicados en nuestras revistas especializadas incorporan más de un 80% de las referencias bibliográficas en inglés. Debemos aceptar, pues, que en países como los nuestros, de ciencia secundaria y dependiente, todo autor médico es en buena medida también traductor. Y no parece descabellado pensar que dentro de unos años la traducción médica y la redacción médica, como sucedió hace una generación con la historia de la medicina, adquieran en nuestro medio el reconocimiento debido como especialidades médicas de pleno derecho.
Me interesa asimismo dar respuesta a otra pregunta que seguramente se habrá planteado más de un lector:
—Inglés-español, de acuerdo; pero, ¿qué inglés y qué español?
Aquí, como en muchos otros aspectos, mi elección estuvo en gran parte determinada por mi circunstancia personal. Como traductor médico con amplia experiencia de trabajo con multinacionales farmacéuticas y organismos internacionales, estoy bien familiarizado con el problema planteado por muchas palabras inglesas con distinto significado a uno y otro lado del Atlántico.
La palabra billion, es bien sabido, corresponde a un billón en Inglaterra, pero solo a mil millones en los Estados Unidos; los pants son calzoncillos para un lord inglés, pero pantalones para un californiano; el gallon británico equivale a 4,55 litros, mientras que el estadounidense solo equivale a 3,79 litros; una nursing-home es una clínica particular en Inglaterra, pero una residencia de ancianos en los Estados Unidos; el título MD equivale a nuestro doctorado en Oxford, pero a nuestra licenciatura en Harvard; el Surgeon General es en los Estados Unidos el director general de sanidad, mientras que en Inglaterra es el jefe del cuerpo de sanidad de la armada.
Bien conocidas son asimismo las diferencias ortográficas existentes entre el inglés británico y el norteamericano. Por lo general, al traductor apenas le preocupa que el tumour o la haematology de Londres se escriban tumor y hematology en Nueva York: total, para traducir al castellano poco importan esas pequeñeces. Conviene saber que no siempre sucede así. El anaesthetist británico, por ejemplo, corresponde a nuestro anestesista (es decir, un médico especializado en anestesia), mientras que el anesthetist norteamericano es un profesional autorizado a administrar la anestesia a los pacientes, pero que no posee el título de médico (si fuera un médico especialista, lo llamarían anesthesiologist).
Estas diferencias de significado y muchas otras acepciones peculiares del inglés norteamericano (generalmente común a los Estados Unidos y Canadá) y el inglés británico (usado también en muchos otros países de todo el mundo) se recogen asimismo en este diccionario, precedidas de las abreviaturas correspondientes [US] y [GB].
Muy distinta fue, en la primera edición del diccionario, mi actitud con respecto a las diferencias entre el español de uno y otro lado del Atlántico. Nacido y criado en España, formado como médico en la Universidad de Salamanca y en el Hospital Marqués de Valdecilla de Santander, era lógico que en mi diccionario se reflejara fundamentalmente el lenguaje médico que se habla en las facultades, hospitales y consultorios españoles, el lenguaje médico que se escribe en nuestras revistas científicas y en nuestros libros de texto. Trece años después, mi conocimiento personal de las variedades diatópicas del español ha aumentado considerablemente, y, en consonancia, el Diccionario de dudas y dificultades presta ahora también especial atención a este aspecto, como explico con más detalle en los párrafos finales del «Prólogo a la tercera edición» (v. anteriormente).
¿Por qué un diccionario médico?
Esta pregunta es perfectamente legítima para el lector, lo admito, pero para mí es innecesaria. Médico especialista de formación y traductor médico de profesión, no sería lógico que preparara un diccionario de heráldica, apicultura, fontanería o arte etrusco (con todos mis respetos, claro está, para los cultivadores de tales disciplinas).
Claro que la cosa tampoco es tan sencilla, pues un diccionario médico ha de dar cabida por fuerza a muchos vocablos de traducción engañosa que aparecen con frecuencia en los textos médicos, pero que uno solamente a duras penas asignaría de entrada al lenguaje de la medicina. Es el caso de palabras como actual (real), American (estadounidense), library (biblioteca), vegetables (verduras) o November (noviembre), que una y otra vez encuentra el traductor médico en sus textos. Por idéntico motivo, en este diccionario hallará el usuario miles de entradas pertenecientes no estrictamente al campo de la medicina, sino al de muchas otras ciencias afines o auxiliares: farmacia, química, bioestadística, zoología, botánica, genética, biología molecular, historia de la medicina, bibliología, derecho, etcétera.
Alguien podría pensar que, en este caso, lo correcto hubiera sido llamarlo «diccionario biomédico», «diccionario de ciencias de la salud» o alguno de estos títulos hoy tan de moda. Sencillamente, no lo he hecho así a propósito. Con el uso de este diccionario, el lector irá dándose cuenta, espero, de que uno de sus rasgos más destacados es la denuncia de los eufemismos innecesarios e interesados. No comparto las tácticas publicitarias de los laboratorios farmacéuticos, que no mencionan ya nunca la medicina (sustituida por ‘salud’, para evitar toda asociación con el concepto negativo de enfermedad o dolor) ni la química (para evitar toda asociación inconsciente con los aditivos cancerígenos o con la contaminación ambiental). Y no me gusta tampoco el proceso por el que, primero en los grandes laboratorios farmacéuticos y luego en el resto de la comunidad médica internacional, ha ido reemplazándose el nombre que se daba a la capacidad de un medicamento para producir efectos tóxicos (toxicity) en busca siempre de un vocablo con menos connotaciones negativas primero (tolerability), francamente positivo después (safety).
Personalmente, nunca he sentido que mi formación médica me impidiera consultar con provecho los diccionarios de botánica, bioquímica, genética o farmacia. No entiendo, pues, qué reparos podrían tener mis colegas de otras disciplinas para aceptar un nuevo diccionario médico, entendida esta en su más amplio sentido. Confío sinceramente en que este diccionario de inglés médico habrá de ser extraordinariamente útil no solo a médicos y estudiantes de medicina, sino también a biólogos, farmacéuticos, químicos y, sobre todo, a los traductores especializados y a los redactores científicos.
Convenciones de género gramatical
En español, a diferencia de lo que sucede en inglés, el género gramatical reviste suma importancia como recurso sintáctico para la expresión de concordancia que afecta al sustantivo, al adjetivo, a algunos pronombres, al artículo y a ciertos participios verbales usados como adjetivos. Ello nos plantea importantes problemas en lexicografía, sobre todo en relación con los sustantivos de persona.
En un diccionario bilingüe, no es complicado representar el género gramatical dentro del campo de lo inanimado, pues la mayor parte de los sustantivos de cosa corresponden a palabras de forma única y género explícito: ‘biopsia’, por ejemplo, es siempre una palabra femenina; ‘quirófano’, siempre una palabra masculina. No hay ningún problema, pues, para indicar en el diccionario bilingüe que «biopsy es ‘biopsia’», u «operation room es ‘quirófano’».
En el terreno de los sustantivos de persona, en cambio, la mayor parte de los nombres españoles son sustantivos con doble forma por género (p. ej.: el cardiólogo y la cardióloga, el bioquímico y la bioquímica) o sustantivos con forma única y género implícito (p. ej.: el dentista y la dentista, el psiquiatra y la psiquiatra). Son muy pocos los sustantivos de forma única y género explícito, que pueden aplicarse a ambos sexos sin cambiar de género gramatical, ya sea este masculino (p. ej.: bebé, cadáver, personaje, ser) o femenino (p. ej.: criatura, familia, gente, persona, víctima).
Los sustantivos de persona con variación de género gramatical constituyen un serio problema para los diccionarios bilingües. Algunos optan por hacer un uso inclusivo del masculino, que es un recurso muy extendido en el habla general para referirnos a una persona cuyo sexo se desconoce todavía (p. ej.: «espero que en este hospital haya un ginecólogo de guardia»); y escriben, por ejemplo, «neurologist es ‘neurólogo’», con el riesgo de que esta decisión se malinterprete como un sesgo sexista que invisibiliza a la mujer. Otros, en cambio, prefieren explicitar la doble forma y escriben «neurologist es ‘neurólogo’ o ‘neuróloga’» o, en forma abreviada, «neurologist es ‘neurólogo/-ga’».
Estas dos soluciones que buscan explicitar la variación de género funcionan relativamente bien en los diccionarios unilingües (donde se aplican a sustantivos aislados que forman el lema de una entrada) y en los diccionarios bilingües de planta sencilla (donde se aplican habitualmente a equivalencias directas de tan solo una o dos palabras). Pero resultan farragosas y confusas en el caso de los diccionarios bilingües de planta compleja, que recogen multitud de expresiones compuestas; por ejemplo, «a good surgeon (un buen cirujano, una buena cirujana)» (¡no digamos ya «un/a buen/a cirujano/na!). Y más farragosas y confusas aún cuando se trata de frases ejemplificadoras con varios sustantivos, adjetivos y artículos que admitan la variación de género: una frase como «Además del médico adjunto y el auxiliar administrativo, solamente pueden estar presentes el paciente ingresado y un amigo íntimo o un familiar cercano» debería recoger también las variantes «Además de la médica adjunta y el auxiliar administrativo, solamente pueden estar presentes la paciente ingresada y un amigo íntimo o una familiar cercana», «Además del médico adjunto y la auxiliar administrativa, solamente pueden estar presentes el paciente ingresado y una amiga íntima o un familiar cercano», «Además de la médica adjunta y la auxiliar administrativa, solamente pueden estar presentes la paciente ingresada y un amigo o amiga íntimos o una familiar cercana» y decenas de posibilidades más que el español admite. Lo cual, en lugar de ayudar al lector, me temo que podría llegar a confundirlo. No digamos ya si optamos por la solución de la doble opción explícita («Además del médico adjunto o la médica adjunta y el auxiliar administrativo o la auxiliar administrativa, solamente pueden estar presentes el paciente ingresado o la paciente ingresada y un amigo íntimo o una amiga íntima o un familiar cercano o una familiar cercana») o por la solución de la doble opción abreviada («Además del/de la médico/ca adjunto/ta y el/la auxiliar administrativo/-va, solamente pueden estar presentes el/la paciente ingresado/-da y un/a amigo/-ga íntimo/-ma o un/a familiar cercano/-na»).
Lo dicho para los sustantivos de persona sirve también para todos los adjetivos ingleses, tanto de persona como de cosa, pero con un grado aún mayor de complejidad. Puesto que los adjetivos tienen género y número en español, pero no en inglés. Un adjetivo como white, por ejemplo, será ‘blanca’ en white skirt (falda blanca), pero ‘blancos’ en white trousers (pantalones blancos). Se supone, pues, que un diccionario bilingüe exhaustivo no debería decir «white significa ‘blanco’», como es habitual, sino «white significa ‘blanco’, ‘blanca’, ‘blancos’ o ‘blancas’» o, en forma abreviada, «white significa ‘blanco(s)/-ca(s)’». Nuevamente, sumamente farragoso y hasta confuso, que es algo poco deseable para un diccionario.
Por eso, y desde muy antiguo, en la historia de la lexicografía han sido frecuentes las convenciones de uso tendentes a primar la simplicidad y la claridad por delante de la exhaustividad. Todo profesional habituado a consultar diccionarios unilingües sabe, por ejemplo, que ‘bisturíes’ no tiene habitualmente entrada propia, sino que debe buscarse por ‘bisturí’; ‘soy’, ‘eras’, ‘fue’, ‘seremos’ y ‘serían’ tampoco tienen entrada propia, sino que se buscan por ‘ser’; ‘librito’ se busca por ‘libro’; ‘dificilísimo’ se busca por ‘difícil’, y así tropecientas convenciones más.
Nunca he oído a nadie argumentar que el hecho de que las distintas formas verbales se consulten por el infinitivo constituya un sesgo tendente a invisibilizar las formas de conjugación en pretérito, presente, futuro o imperativo. Ni que el hecho de que los plurales del español deban consultarse por el singular suponga un sesgo de número tendente a potenciar el carácter individualista de la moderna sociedad capitalista frente a la pluralidad y el sentido de comunidad que defiende la revolución social del cristianismo, o del anarquismo. Todo el mundo parece entender sin problemas que se trata de meras convenciones de uso, ideadas para simplificar la consulta de una obra con un enfoque eminentemente práctico. No debería ser difícil interpretar del mismo modo las convenciones de género gramatical, como simples convenciones gramaticales de carácter práctico y simplificador.
En el Diccionario de dudas y dificultades de traducción del inglés médico, y con el fin de evitar la farragosidad que supondría el tener que explicitar en cada caso las múltiples posibilidades de género gramatical que admite en español un término inglés o una frase inglesa, he optado por emplear las siguientes convenciones:
1. Para los lemas y las expresiones compuestas del diccionario (símbolo ●), doy normalmente como equivalencia española un solo género gramatical con carácter inclusivo o génerico. Siguiendo el uso habitual en nuestra lengua, este género inclusivo es por lo general el masculino, a excepción de los pocos casos en los que entre los hablantes se halla generalizado el uso del femenino inclusivo en representación de ambos géneros gramaticales. Las equivalencias rheumatologist (reumatólogo) y obstetric nurse (comadrona), pues, deben interpretarse en el sentido no marcado de rheumatologist (reumatólogo o reumatóloga, según el contexto) y obstetric nurse (comadrona o comadrón, según el contexto), respectivamente.
2. Para las frases ejemplificadoras (símbolo ◘), en cambio, solamente hago uso del masculino inclusivo (o, más raramente, del femenino inclusivo) cuando el ejemplo hace referencia a un grupo mixto de varones y mujeres o a una persona de sexo indeterminado o desconocido. En todos los demás casos, procuro alternar ejemplos en los que un sustantivo inglés corresponda a un masculino marcado y otros en los que corresponda a un femenino marcado, para que el lector no olvide en ningún momento que el paso del inglés al español obliga en esta última lengua a decidir cuál es el género gramatical pertinente. Ante palabras como child y doctor, por consiguiente, encontraremos en el diccionario frases ejemplificadoras como My child is badly injured (mi hijo está gravemente herido) y The doctor ordered complete rest (la médica le prescribió reposo absoluto) junto a otras como She was often ill as a child (de pequeña se ponía enferma con frecuencia) y The doctor put the patient out for surgery (el médico anestesió a la paciente para la intervención quirúrgica).
Todo ello, por supuesto, sin perjuicio de que, cuando lo he considerado útil o conveniente para el lector, haya podido incorporar en algunas entradas comentarios más detallados sobre problemas específicos de traducción que plantea el paso de una lengua sin apenas vestigios de género gramatical, como el inglés, a otra donde el género gramatical está muy presente, como el español. Véanse, a modo de ejemplo, las consideraciones que hago en la primera observación de uso (símbolo ►►) de la entrada Dr. o en la observación de uso (símbolo ►) a la primera acepción, subacepción a), de la entrada nurse.
Agradecimientos
A Lydia, Antonio, Álvaro, Isabel y Miguel.
Buena parte de las horas que dediqué a la elaboración de este diccionario
—y puedo asegurar que fueron muchas— eran en realidad suyas.
Muchos amigos y traductores me han enviado sugerencias y comentarios para mejorar el diccionario, o me han ayudado a resolver dudas terminológicas en persona, por teléfono, por correo postal o por correo electrónico. En este sentido, quienes en mayor medida o más asiduamente han contribuido a esta tercera edición del diccionario de dudas son: José Rafael Blengio Pinto (Querétaro), Guido Castañeda Macchiavello (Barcelona), M. Gonzalo Claros Díaz (Málaga), Fernando Contreras Blanco (Madrid), Xavier Fuentes Arderiu (Barcelona), Betty Galiano (Rosario), Carlos Gancedo (Madrid), Isabel García Acha (Salamanca), Carlos Garrido (Vigo), Javier Hellín (Madrid), Antonio Hernández Rolón (Méjico), José María Izquierdo (Córdoba), Pablo Mugüerza (Valladolid), Laura Munoa (Madrid), Ignacio Navascués (Madrid), Emilia Picazo (Méjico), Rafael Rivera (Miami), Julio Rodríguez-Villanueva García (Soto del Real), Gustavo A. Silva (Washington y Ginebra), Sandro Tomasi (Nueva York), Manuel Talens (Valencia), Damián Vázquez (Buenos Aires y Washington) y Elisa Vilaret (Barcelona), así como, de manera muy destacada, Guillermo Murillo Godínez (Querétaro) y especialmente Juan Manuel Martín Arias (Madrid)[*].
De la máxima utilidad me han sido los comentarios de mis casi trescientos colegas de las listas de distribución de MedTrad <www.rediris.es/list/info/medtrad.html> (desde septiembre de 1999) y Tremédica <tremedica.org> (desde febrero del 2008). Los más de cien mil mensajes que ambas listas atesoran en sus archivos —me siento orgulloso de haberlos leído todos— han sido, con mucho, mi fuente de información más valiosa en estos muchos años de trabajo para dejar a punto la tercera edición del diccionario de dudas. Tan es así que, en mi opinión, las listas de MedTrad y Tremédica pueden asumir, sin exageración ninguna, la coautoría colectiva de esta obra.
Desde la publicación electrónica de la tercera edición del Libro rojo en Cosnautas, han sido muchos los colegas que han enviado sugerencias y propuestas de adición o corrección. Me he servido de ellas para mejorar considerablemente esta cuarta edición que puede consultarse actualmente en línea, y deseo agradecer públicamente la aportación de los cosnautas colaboradores:
Versión 4.08 Ana Atienza, Lida Barbetti Vros, Claudia Bayá Crapuchett, Natalia Caicedo, Francisco Calderón Pérez, Suyapa Carías, Daniel Carrión de Gómez, Guido Castañeda Macchiavello, Mario Chávez, Fernando Contreras Blanco, José Antonio de la Riva Fort, Macarena Dueñas Martín, Jorge Esteban Casas, Nur Ferrante Morales, Mary Fons i Fleming, Natàlia Fusté Hussain, Betty Galiano, Maria Gené Gil, William Giller, Rocío Gómez Zamora, Alexandra Guevara Salcedo, Monika Hachiya, María Paula Irigoyen, Daniel Mañanet, Juan Manuel Martín Arias, Marta Martín Delmo, Aida Mateos Fuentes, Gabriela Mattoni, Pablo Mugüerza, María Luisa Ortega Hernández, Omar Osorio Juárez, Isabel Pachiarotti, Emilia Picazo Guadarrama, Liliana Rodríguez, Ismael Roldán Hernando, M.ª Verónica Saladrigas, Noelia Sibilla Casanovas, María Victoria Sormani, Arantxa Ubieta, Jonathan Van Cauwenberge Muñoz, Mariano Vitetta, Néstor Zumaya.
Versión 4.07 Sarah Jane Aberasturi,
Leticia Arcos, Ana Atienza, Lida Barbetti Vros, Claudia Bayá Crapuchett,
Yvonne Becker, Heidy Blanco, Esperanza Blog-Case, Laura Bocco,
Marina Borrás Ferrá, Francisco Calderón Pérez, Guido Castañeda
Macchiavello, Mario Chávez, Jorge Colomo Grech, Noemí Contartese,
Fernando Contreras Blanco, José Antonio de la Riva Fort, María de la Rubia Gómez-Morán,
Rosa María Domínguez Borad, Jorge Esteban Casas, Mary Fons i Fleming, Betty Galiano, Sara García, Rebeca García
Corrales, Alicia García Espinosa, William Giller, María J. Hernández
Weigand, Daniel Hinostroza, Diego Ibáñez Rivera, Mar Jiménez
Quesada, Matt Leedham, Juan Diego López García, Javier Mallo
Martínez, Isabel M. Martos, Javier Mas, Gabriela Mattoni, Teresa Miret Mestre, Miriam M. Mora
Mau, Nuria Morales, María Cristina Morinaga, Pablo Mugüerza,
Alfonso Nevado Caballero, Andrés Paredes Jiménez, Emilia Picazo
Guadarrama, M.ª Fernanda Pignataro, Antonio M. Regueiro, Ana Paula Rodríguez, Victoria Romero
Moreno, M.ª Verónica Saladrigas,
Antonio Sanguino
Yturriaga, Xiomara Smith, María Victoria Sormani,
Karol Tapia de Moya, Teresa Triana, Verónica Visgarra, Javier Wasserzug, Néstor
Zumaya
Versión 4.06 Mónica Adler, Marta
Altimira Cabré, Ana Atienza, Lida Barbetti Vros, Claudia Bayá Crapuchett, Valeriy Belykh, Míriam Bernal Montoro, Heidy Blanco, Esperanza Blog-Case, José Bocic, Iria Carballo, Daniel Carrión de Gómez, Guido Castañeda Macchiavello, Constanza Cervino, Alfonso Cigarrán, M. Gonzalo Claros, Noemí Contartese, Fernando Contreras Blanco, Jorge Esteban Casas, Mary Fons i Fleming, Sandra Frisancho Herrera, Belén Fuentes García, Betty Galiano, Olga Gallegos, William Giller, Emma Goldsmith, Silvia Gómez de Antonio, Paz Gómez Polledo, Rocío Gómez Zamora, Nuria González Martínez, Manuela Goñi, Mariana Guiadanes
Figueiras, María J. Hernández Weigand, Daniel Hinostroza, Juan Manuel Igea, Anna Jené Palat, Mar Jiménez Quesada, Lilian Jiménez-Ramsey, Becky Katz, Juan Diego López García, Valentina Luridiana, Monica Madel, Javier Mallo Martínez, Elisa Manzanal, Carlos Martínez Mesa, Ovidia Martínez Sánchez, María Laura Mazza, María Millán García, Teresa Miret Mestre, Pablo Mugüerza, Alfonso Nevado Caballero, Ana Gloria Otero Álvarez, Mercedes Pacheco Ruiz, José Sergio Pajares Nievas, Anthony Palomo, Elena Pérez Hernández, María Pineda, Paula Porcar Llorens,Héctor Quiñones Tapia, Antonio M. Regueiro, Cristina Río López, Mar Rodríguez Vázquez, Mireia Ros García, Diego Sansone, Lourdes Serna Chávez, María Victoria Sormani, Luciana Sosa, Ainhoa Tallón Ruiz, Paula Torres López, Sara Varela García, Javier Wasserzug.
Versión 4.05 Mónica Adler, Ana Atienza, Lida Barbetti Vros, Francisco Bautista Becerro, Claudia Bayá Crapuchett, Yvonne Becker, Laura Bocco, Marina Borrás
Ferrá, Liliana Bryant, Natalia Caicedo, Ayla Carazo, Iria Carballo, Constanza Cervino, M. Gonzalo Claros, Noemí Contartese, Fernando Contreras Blanco, José Antonio de la Riva Fort, María de la Rubia Gómez-Morán, Silvia
Escobar, Jorge Esteban Casas, Marta Fernández Seoane, Luisa Fernández Sierra, Nur Ferrante Morales, Mary Fons i Fleming, Betty Galiano, Sara Galindo Álvarez, Ana Elisa Gil
Vodermayer, William Giller, Paz Gómez Polledo, Myra Guzmán-Teare, María J. Hernández Weigand, José A. Huarancca Sánchez, Mar Jiménez Quesada, Vanesa Jorge Sostoa, María Kurtz, Núria Llorens, Juan Diego López García, Ileana Luque, Valentina Luridiana, Javier Mallo Martínez, Elisa Manzanal, Eva Martínez Fornos, Álvaro Medina Muñoz, Miriam M. Mora Mau, Pablo Mugüerza, María José Nägler, Julieta Olivero, José Sergio Pajares
Nievas, Anthony Palomo, Blanca Paniagua Marco, Emilia Picazo Guadarrama, M.ª Fernanda Pignataro, María Pineda, Patricia Posadas Suquía, Fernando Presumido, Héctor Quiñones Tapia, Daniela Ramírez, Antonio M. Regueiro, María Requena Castañol, Cristina Río López, Mar Rodríguez Vázquez,
Rodrigo Rosales Sosa, Manuel Rubio
Máñez, M.ª
Verónica Saladrigas, Giselle Saldaña, Antonio
Sanguino Yturriaga, Gemma Sanza Porcar, María Victoria Sormani, Karol Tapia de Moya, Andrea Valero Mathieu, Javier Wasserzug
Versión 4.04 Mónica Adler,
Ana Atienza,
Maite Babío Galán, Lida Barbetti Vros, Claudia Bayá Crapuchett,
Natalia Caicedo, Susana Campos, Constanza Cervino, M. Gonzalo Claros,
Rossella Cordone, José Antonio de la Riva Fort, María de la
Rubia Gómez-Morán, Verónica Escobar, Jorge Esteban Casas, Mary Fons i Fleming, Pedro Juan Galán
Martín, Betty Galiano, Sara Galindo Álvarez, Lorenzo Gallego Borghini, Mercedes
García-Briones Teglia, Emma Goldsmith, Rocío Gómez Zamora,
María J. Hernández Weigand, Diego Ibáñez Rivera, Celina Iñones, Mar Jiménez Quesada, Becky Katz, Germán
Londoño, Valentina Luridiana, Monica Madel, Elisa Manzanal, Antoni C. Maroto, Valentina Marta Rodríguez, María Laura Mazza,
Álvaro Medina Muñoz, Eva Molina-De Vilbiss, José María Montero
Vázquez, Miriam M. Mora Mau, Pablo Mugüerza, Laura
Munoa, Alfonso Nevado Caballero, José Sergio Pajares Nievas,
Anthony Palomo,
Andrés Paredes Jiménez, Emilia Picazo Guadarrama, M.ª Fernanda Pignataro,
Fernando Presumido, Héctor Quiñones
Tapia, Antonio M. Regueiro, María Requena
Castañol, Gloria
M. Rivera, Mar Rodríguez Vázquez, Rodrigo Rosales Sosa, María Victoria Sormani, Paula Steiner, Javier Wasserzug.
Versión 4.02 Meritxell Almarza Bosch, Lida Barbetti Vros, Claudia Bayá Crapuchett, Luis Ángel Becerra Andrade, Míriam Bernal Montoro, Marina Borrás Ferrá, David Bravo Blanco, Fernando Campos Leza, Federico Carroli, Guido Castañeda Macchiavello, Constanza Cervino, Edurne Chopeitia, M. Gonzalo Claros, Fernando Contreras Blanco, Rossella Cordone, Agustina Cossia Golagioia, José Antonio de la Riva Fort, Alejandra Durán Paiz, Fiorella Farfán, Mary Fons i Fleming, Pedro Juan Galán Martín, Betty Galiano, Sara Galindo Álvarez, Lorenzo Gallego Borghini, Luis A. García Nevares, Pilar García Valdecasas, William Giller, Paz Gómez Polledo, Rocío Gómez Zamora, María J. Hernández Weigand, Daniel Hinostroza, José A. Huarancca Sánchez, Juan Manuel Igea, Valentina Luridiana, W. Christopher Marquardt, Blanca Leticia Merlin Jarquin, Eva Molina-De Vilbiss, Pablo Mones, José María Montero Vázquez, Pablo Mugüerza, Jaume Mullol García, Alfonso Nevado Caballero, Anthony Palomo, Marisa Parzenczewski, Emilia Picazo Guadarrama, Héctor Quiñones Tapia, Antonio M. Regueiro, Cristina Río López, Gloria M. Rivera, Mar Rodríguez Vázquez, Virginia Rubio, M.ª Verónica Saladrigas, Antonio Sanguino Yturriaga, María Victoria Sormani, María Taibo, Karol Tapia de Moya, Eñaut Urrestarazu Aizpurua, Carla Vorsatz.
[*] No olvido tampoco a quienes me ayudaron en gran medida con las dos primeras ediciones: Enrique Alcaraz Varó [†] (Alicante), José María Álvarez Blanco (Madrid), Cristina Andrade (Madrid), José Rafael Blengio Pinto (Querétaro), M.ª del Pilar Calbet Rebollo (Barcelona), M.ª Jesús del Sol Jaquotot (Madrid), María Claudia Filgueira (París), Xavier Fuentes Arderiu (Barcelona), Betty Galiano (Rosario), Pilar García Menéndez (Madrid), Valentín García Yebra [†] (Madrid), Carlos Garrido (Vigo), Paz Gómez Polledo (Madrid), Luis González (Bruselas), Francisco Hernández (Basilea), Martin Kuhn (Friburgo de Brisgovia), Juan Manuel Martín Arias (Madrid), Ernesto Martín-Jacod (Buenos Aires), Juan Antonio Navarro González (Badajoz), Ignacio Navascués (Madrid), Luis Pestana (Washington y Ginebra), Emilia Picazo (Méjico), Héctor J. Quiñones (Madrid), Federico Romero [†] (Madrid), M.ª Verónica Saladrigas (Basilea), Joaquín Segura (Nueva York), David Shea (Las Palmas), Gustavo A. Silva (Washington), Pepe Tapia (Nueva York y Ann Arbor), Elisa Vilaret (Barcelona) y Mariano Zomeño (Madrid).
Aproveché en su momento asimismo las sugerencias de los médicos, traductores y terminólogos que reseñaron ediciones previas de esta obra en Actas Dermo-Sifiliográficas (Madrid), Apuntes (Nueva York), Excélsior (Méjico), Hexagon (Basilea), Lebende Sprachen (Berlín), Medicina (Buenos Aires), Medicina Clínica (Barcelona), Médico Interamericano (Nueva York), Panace@ (Madrid), Puntoycoma (Bruselas), Quark: Ciencia, Medicina, Comunicación y Cultura (Barcelona), Revista Española de Cardiología (Madrid), Revista Española de Enfermedades Metabólicas Óseas (Madrid), Revista Panamericana de Salud Pública (Washington), Terminologie & Traduction (Bruselas), Terminology (Amsterdam), Trans: Revista de Traductología (Málaga).
